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viernes, 25 de septiembre de 2009

APUNTES PARA UNA ÉTICA AMBIENTAL Y DE EMPRESA - Segunda parte




LA ÉTICA AMBIENTAL COMO UNA OPORTUNIDAD PARA EL MUNDO EMPRESARIAL



Richard Antonio Orozco C.

Lo dicho hasta aquí justifica la posibilidad de una ética ambiental como preocupación colectiva que surge de la toma de consciencia de nuestra vulnerable vida en sociedad, cada vez más insostenible y asentada en estructuras que reproducen una honda fractura social. A partir de aquí, sin embargo, queremos plantear ahora algunas consideraciones necesarias para proponer una ética empresarial que no debe ser vista como una alternativa a la ética ambiental, sino como una precisión de dicha ética dirigida directamente al ámbito de las empresas. La razón para tal identificación estriba en que el objetivo de una ética ambiental abarca también el desarrollo de una sociedad justa económicamente hablando, en donde las oportunidades y beneficios de la modernidad se presenten al alcance de todos y en donde el crecimiento económico esté acorde con el desarrollo social; explicitando aun más, esto significa que el mundo empresarial no logra su crecimiento económico a costa de sueldos de sobrevivencia para sus trabajadores o privándoles de sus derechos laborales, y que la relación que establece con la comunidad se asienta sobre formas de colaboración y cuidado del medio ambiente. Todos estos son, pues, fines planteados por una ética empresarial pero, como hemos dicho, la ética ambiental los considera incluidos dentro de su concepción de mundo sostenible. Lo que estoy intentando mostrar es el reduccionismo que suponía una concepción de la ética ambiental restringida solo al trato de problemas ecológicos causados por nuestro desmesurado consumismo irracional. Ese tipo de concepción, presente más bien en la génesis del movimiento verde (Commenne, 2006), sí podría ser considerado disociado de una ética empresarial, pues sus objetivos podrían ser vistos como en direcciones ajenas: una que dirige sus objetivos hacia a la naturaleza y la otra hacia el ámbito social. Este, felizmente, no es el caso de nuestra consciencia ambiental en la actualidad. Por el contrario, resaltamos el hecho de que un auténtico desarrollo ambiental supone la coincidencia de logros en distintos planos como el económico, jurídico, ecológico, político, empresarial, tecnológico, cívico etc., y por eso mismo reconocemos a la ética empresarial como incluida dentro de una visión amplia de la ética ambiental.
Adela Cortina define a la ética empresarial como una ética cívica y por tanto como una ética de mínimos. Esto quiere decir que tal ética no se encamina a precisar el concepto de felicidad único para todos los ciudadanos, sino que queda determinada por unos contenidos mínimos como son la tolerancia, la igualdad, la libertad, etc. Entre estos contenidos mínimos también se encuentran los derechos humanos. La autora señala, sin embargo, que es necesario considerar mucho más ampliamente dicho conjunto de derechos hasta incluir, en una segunda generación, nuestro derecho a la sociedad justa – con igualdad de oportunidades y posibilitando la realización personal bajo plurales concepciones religiosas, políticas e idiosincráticas – y en una tercera generación, nuestro derecho a la paz y a un ambiente saludable (Cortina, 1996). Así pues, también tras este planteamiento, la ética ambiental y la ética empresarial habrían coincidido en fines, subsumidas ambas en una ética cívica. De esta forma, Cortina incide en que tal ética se forja con independencia de nuestras preferencias de credo, cultura o ideología política; y que lo único que nos exige es el respeto por esos mínimos requisitos de convivencia que pueden ser explicados mediante la regla básica de un desarrollo individual que no demande ningún coste a los conciudadanos.
No obstante, la tendencia que más recientemente ha mostrado la necesaria ligazón entre ambas éticas es la determinación de la responsabilidad social y ambiental de las empresas (RSE) como exigencia impostergable en un mundo con tanta fractura. Esta tendencia, bastante reciente por cierto, propone una ética empresarial desde la perspectiva del medio ambiente en que se gestiona; entendiendo por ‘medio ambiente’ la interconexión de planos en que se definen las relaciones de la empresa con los diferentes actores económicos (stakeholders): trabajadores, clientes, inversionistas, comunidad, país, etc. En otras palabras, el respeto hacia el medium no solo exige tomar en consideración la relación de la empresa con la naturaleza, sino que se trata de incorporar en nuestra mirada todos los impactos causados por la gestión empresarial. La sola presencia de la empresa en una comunidad origina una serie de alteraciones que en términos generales podemos llamar ambientales pero que hacen referencia a distintos planos interconectados – políticos, sociales, ecológicos, culturales, etc. – y que son de absoluta responsabilidad de la empresa. La RSE se ha convertido así en un enfoque que sustenta una ética ambiental-empresarial asumiendo la estrategia de interpretación holística heredada de la ecología.
Se hace necesario considerar que estos nuevos enfoques para una ética ambiental y empresarial pueden ser muy bien una nueva oportunidad para la vida en sociedad: la oportunidad de un desarrollo ecológicamente sustentable y socialmente justo. Nuestra historia, en cambio, ha estado marcada por desarticulaciones sociales y autocomprensiones atomistas, es decir, actores sociales que se interpretaron monológica, autónoma y disociadamente. La estrategia de interpretación que cada actor social asumió frente a sus responsabilidades con el médium se sostuvo sobre una mirada reducida e inmanente. El empresario se entendió a sí mismo como enfrentado al gremio de los trabajadores y opuesto también a los intereses de la comunidad. Los trabajadores de igual forma asumieron que su desarrollo no podía conciliar con el del empresariado, ni con el político. En la medida de sus posibilidades, cada uno de los actores sociales intentó esquivar responsabilidades para con los otros. Así los empresarios evitaron pagar sueldos justos o reconocer los derechos laborales a sus trabajadores, al mismo tiempo que desarrollaron fórmulas para la evasión de impuestos. Mientras que los trabajadores propiciaron con su consumo el desarrollo de un mundo alternativo informal que les era económicamente más asequible aunque supuso costos sociales que ellos consideraron como no de su incumbencia. Así pues, se fueron gestando lo que hemos denominado fracturas sociales, una erosión social que divide y enfrenta a los distintos agentes. Para todos ellos, un trato armónico hacia la naturaleza fue una demanda aceptada, pero siempre desde la concepción de un coste o de un aporte solidario hacia las generaciones futuras. Un sentido reduccionista de la responsabilidad cundió por doquier y se evitó así toda preocupación extra porque se la consideró una carga que, si estuvo en las posibilidades, era mejor evitar.
El resultado de tal modelo agregacionista fue el enfrentamiento, la erosión y un modelo de desarrollo insostenible en el que campeó la racionalidad egocéntrica y la libertad negativa, contrapuesta esta a la responsabilidad y a la exigencia social. Deseo justificar esta idea del mundo insostenible con algunas cifras elocuentes. Para facilitar la comprensión, pensemos en el mundo como un pueblo de 100 habitantes. Las estadísticas nos muestran un panorama con las siguientes características (Commene, 2006):

60 Asiáticos
14 Americanos
13 Africanos
12 Europeos y medio habitante de Oceanía
52 Mujeres
48 Varones
70 No blancos
70 No cristianos
89 Heterosexuales
11 Homosexuales
52 Están dispersos por el campo
6 Poseen el 59% de la riqueza, muchas norteamericanas.
50 Viven con 2 dólares por día
25 Viven con 1 dólar por día
15 Producen más de la mitad de las emisiones de CO2
25 Consumen ¾ de la energía total
17 No tienen ni servicio médico, ni techo adecuado ni agua potable.
50 Sufren malnutrición
70 Son analfabetos
80 Viven en una vivienda de mala calidad
20 Controlan el 86% del PNB y el 74% de las líneas telefónicas
11 Usan un coche y serán 20 de aquí a 20 años
20 Disponen del 87% de vehículos y el 84% del papel
9 Tienen acceso a Internet
1 Tienen acceso a un nivel de estudios universitarios.
1 Muere y 2,3 niños nacen cada año
Y el pueblo tendrá 133 habitantes en el 2025.

La situación se presenta, desde todo punto de vista, escandalosa. Constatamos así lo insostenible que se ha vuelto la vida; las diferencias y desniveles muestran la urgencia de pensar en sistemas que contrarresten tal estilo de desarrollo. Lo que parece claro, a partir de tales datos, es que los beneficios de la modernidad y la tecnología son el gozo de pocos, aunque sí todos deben afrontar los costes. Sin embargo, para ser más explícitos, presentamos ahora unos datos mucho más elocuente respecto a los niveles de gastos y preferencias de los que más tienen comparándolas con los costos que significarían hacer frente a las demandas más impostergables del mundo (Commene, 2006):


LOS NÚMEROS EXPRESAN MILES DE MILLONES DE DÓLARES ANUALES

  • Maquillaje 18
  • Atención de salud reproductiva para todas las mujeres 12
  • Alimentos para mascotas (EEUU y Europa) 17
  • Erradicación del hambre en el mundo 19
  • Perfumes 15
  • Alfabetización universal 5
  • Cruceros 14
  • Agual potable sana para todos 10
  • Helados (Europa) 11
  • Inmunización de todos los niños 1,3


Estas escasas diferencias entre objetivos ineludibles para un desarrollo justo y los gastos superfluos de una sociedad consumista son prueba palpable de un equívoco en la ruta elegida para el desarrollo. Ante esta situación escandalosa, ya no se trata solo de caridad, se trata de un desarrollo sustentable. Muchos teóricos recientes han incidido en la urgencia para cambiar de rumbo, se ha enfatizado por ejemplo que la crisis económica internacional no solo es signo de una situación coyuntural, sino mucho más estructural. Joseph Ratzinger, en su calidad de Sumo Pontífice, ha remarcado esta necesaria conexión entre los fríos datos económicos y los conceptos de desarrollo ético y social (Benedicto XVI, 2009). En esa misma línea se ubica el nobel en Economía, Amartya Sen. Para dicho autor, originario de la India, la herencia moderna que disociaba el ámbito de los valores sociales y éticos respecto del ámbito económico ha mostrado su colapso (Sen, 1989). Afirma este autor que quienes aun quieren defender la autonomía de la ética respecto al concepto ético de desarrollo, se amparan generalmente en una equivocada interpretación de los textos de Adam Smith. La lectura errónea tiene su origen en una petición de principio, pues se parte de la necesaria autonomía de ámbitos como un presupuesto de la interpretación. Evidentemente solo se justifica lo que de comienzo ya se sostiene. Para Sen, en cambio, ni en Adam Smith se puede encontrar tal dicotomía entre desarrollo ético-social y crecimiento económico. Prueba esto afirmando que en los textos de Smith no hay necesariamente un reduccionismo a la hora de concebir la capacidad decisiva del ser humano. La economía no se desarrolla plenamente si pretendemos explicar al ser humano bajo la sola racionalidad egocéntrica. El criterio en las decisiones de un empresario no necesariamente se reduce a la ganancia irresponsable, se puede conjugar muy bien tanto su anhelo de crecimiento económico con su sentido ético de responsabilidad hacia un desarrollo con justicia y ecológicamente amigable. Esa es la propuesta de una ética ambiental y empresarial: la oportunidad para cambiar de rumbo y lograr un mundo sustentable con un auténtico desarrollo ambiental.
En 1987 la Naciones Unidas publicaron el Informe Brundtland. En él se enfatizaba la correlación existente entre la pobreza en el mundo y la degradación de los medios naturales. El texto, además, demostraba que el crecimiento económico sostenido en el tiempo, la lucha contra la pobreza y la buena gestión medioambiental siempre van juntos. En ese informe se definió por primera vez el concepto de desarrollo sustentable (sustainable development), que afirma la posibilidad de un tipo de desarrollo ecológicamente correcto y socialmente justo.
En verdad, el argumento para defender la idea de una ética ambiental como oportunidad es más sencillo de lo que parece. Tal y como Al Gore lo ha mostrado en sus ya famosos documentales, sería una falacia colocar los intereses individuales en una balanza frente a los intereses ambientales. Si el medioambiente se vuelve insostenible ¿qué interés individual puede ser logrado? En palabras de Commene: “no hay empresa sana en una sociedad enferma” (2006, p. 88) Así, pues, se trata de la posibilidad misma del desarrollo no de una alternativa. Pero es una oportunidad porque al final el beneficio es para todos: empresarios que pueden vender más, trabajadores que se sienten mejor tratados y más reconocidos, consumidores que pueden obtener mejores productos, gobiernos que perciben mejores contribuciones, inversionistas que participan más activamente en el desarrollo de la empresa y que ven una mayor rentabilidad en sus inversiones, etcétera, etcétera. Claro que todo esto es posible siempre que se comience no identificando al dinero como ‘la finalidad’ del desarrollo de la empresa, sino como el medio para lograrlo.
Algunos ejemplos ilustrativos del RSE en la práctica que muy por el contrario de lo que se podría pensar no llevaron a ningún desmedro en su rentabilidad, sino a un desarrollo sostenible en el tiempo:
· Carrefour International, multinacional de la distribución, primero en Europa y segundo a nivel mundial; 9200 negocios en 30 países. Evalúan las condiciones sociales en las cuales se fabrican los productos. Se garantiza así, por ejemplo, que el consumidor no recibirá un producto fabricado por niños. Para ello ha creado un ‘comité de control’ integrado por 4 representantes de ONG, la Federación internacional de ligas por los DDHH y dos representantes de Carrefour.
· BP Polonia. Centrado en el comercio minorista, GLP, aceites, asfaltos y productos químicos. Ha creado el programa ‘Clean Business’ (Czysty Biznes) que busca aumentar el rendimiento ambiental de pequeñas y medianas empresas y demostrar que este va acompañado de una mayor eficacia y una rentabilidad más alta, también para las comunidades locales.
· Proyecto ‘Fersol’ (Brasil). El lema que ha adoptado es “Responsabilidad social – Cultivando nuestra tierra y nuestra gente” Se planteó como objetivos: direccionar sus inversiones; privilegiar la manutención del empleo; apostar por el entrenamiento de la mano de obra especializada; incentivar la educación y el proceso de concientización socio-ambiental. Destinó el 15 % de sus ganancias y los proyectos que desarrolló fueron:
o La escuela ‘Fersol’
o El programa ‘analfabetismo cero’
o Privilegiar la diversidad a la hora de contratar personal. (61% mujeres, 38% afrodescendientes, 26% por encima de los 45 años, 3% con talentos especiales)
o Debates en años de disputa electoral
o ‘Cuando el 1% se transforma en el 100%’ Contribución voluntaria del 1% de sus salarios, para adquisición de canastas básicas familiares para las comunidades de Manrique y la región adyacente. Los beneficiarios son estimulados a participar en iniciativas de reciclado de residuos o bien en programas de alfabetización.
o Actividades recreativas para sus empleados.
o Fundación Abrinq, programa que defiende los derechos de los niños.
En todos estos casos, la ética ambiental demostró ser una alternativa sana de desarrollo que permite un bienestar para todos. Los consumidores conscientes exigieron productos fabricados responsablemente y esto trajo mayor ganancia a las empresas que cumplen con esos estándares. La exigencia de los consumidores trajo, a su vez, trabajadores mejor tratados y una comunidad que se ha visto beneficiada significativamente. En otras palabras, un desarrollo empresarial que sí se logra a partir de una reconciliación.



BIBLIOGRAFÍA

BENEDICTO XVI. (2009), Caritas in Veritate. Carta encíclica. Lima: Editorial Salesiana.
COMMENNE, V. (2006). Responsabilidad social y ambiental: el compromiso de los actores económicos. París: Charles Léopold Mayer.
CORTINA, A. (1996). “La ética empresarial en el contexto de una ética cívica”, en: Cortina, A., Ética de la empresa. Claves para una nueva cultura empresarial. Madrid: Trotta.
DEWEY, J. (1964). Naturaleza humana y conducta: introducción a la psicología social. México: FCE.
DEWEY, J. (1995), Democracia y educación. Una introducción a la filosofía de la Educación. Madrid: Morata.
GARCÍA-MARZA, D. (2004). Ética empresarial. Del diálogo a la confianza. Madrid: Trotta.
GOLDSMITH, E. (1993), The Way. An Ecological World-View. Boston: Shambhala.
GOMEZ-HERA, J. (Coord.) (2002), Ética en la frontera. Madrid: Biblioteca Nueva.
HABERMAS, J. (2000), Aclaraciones a la ética del discurso. Madrid: Trotta.
JAMES, W. (2000), Pragmatismo. Madrid: Alianza Editorial.
KLIKGBERG, B. (2002), Hacia una economía con rostro humano. Maracaibo: Universidad de Zulia.
SEN, A. (1989), Sobre ética y economía. Madrid: Alianza Editorial.
SOSA, N. (1994), Ética ecológica. Madrid: Libertarias / Prodhufi.

jueves, 13 de agosto de 2009

APUNTES PARA UNA ÉTICA AMBIENTAL Y DE EMPRESA - Primera parte


Richard Antonio Orozco Contreras



El reto principal de la ética en el mundo contemporáneo es encontrar ese justo medio apropiado entre una ética fuerte que reclama el deber de los seres racionales con una ética que se concibe a sí misma como ruta hacia la felicidad. A la primera la denominamos deontológica y le reconocemos una base cognitiva, metafísica y ahistórica, que prescribe universalmente los principios insoslayables sobre los que hombres y mujeres deben plantear su vida; a la segunda la tipificamos entre los modelos contextualistas, con bases más bien existenciales y prudenciales, que recogen las fortalezas del historicismo, de la racionalidad práctica y de la argumentación pragmatista.
El reto no es fácil debido a que ambos interlocutores han esbozado planteamientos contundentes que al mismo tiempo, a primera vista, parecen inconmensurables. Así tenemos que, por ejemplo, los primeros exigen a toda propuesta ética una mirada que trascienda la simple visión egocéntrica, que supere ese tipo de reflexión atada a los intereses personales y asuma la perspectiva universal de quien es consciente que el mundo no es ‘mío’, ni a mi antojo. El argumento, en verdad, sigue la defensa kantiana del punto de vista universal – racional- considerado como el único moralmente aceptable, porque si no “la moral se desmorona”. ¿Qué carácter puede ofrecer una moral que no defienda el punto de vista incondicionado? Solo sería un mamarracho de moral - habría dicho Kant – que no presenta ninguna utilidad ni para la sociedad ni para el individuo, que no cumple ninguna función y que por ello se diluye en el más vergonzoso sinsentido.
En el otro frente, los cotextualistas han desdeñado esos argumentos, pues reclaman un respeto a las circunstancias, al aquí y ahora. ¿Qué fuerza de obligación puede llevar una norma moral que sea ajena al momento histórico que el individuo vive? Así pues, el apriorismo moral de sus oponentes es objetado por que plantea normas impersonales e inflexibles que evidentemente no generan obligación de ningún tipo. En una pretensión por alcanzar lo seguro, la moral habría huido equivocadamente de las contingencias de la vida diaria perdiendo su más propio carácter rector.
Sin embargo, el desafío se vuelve aun más acuciante, pues un nuevo frente se presenta para ser considerado en la fundamentación ética. Los peligros ecológicos, como lo ha reconocido Hans Jonas (2004), hacen patente un vacío en la ética que alcanza hasta sus más cardinales fundamentos. La ética, pues, ya no puede pretender mantenerse bajo los mismos parámetros como clásicamente ha sido concebida. Así, por ejemplo, si en la sociedad pre-tecnológica la naturaleza no era objeto de la ética, ya que esta se restringía a regular las relaciones humanas, en la sociedad actual ya no es posible pensar nuestras responsabilidades éticas sin considerar nuestras exigencias para con la naturaleza y para con las generaciones futuras. La razón que justifica tal consideración es que las acciones humanas hoy, a diferencia de las situaciones del ayer, poseen ya una resonancia que sobrepasa nuestro aquí y ahora. Así pues, los desequilibrios en el ecosistema han golpeado nuestro arrogante antropocentrismo ético haciéndonos tomar consciencia de su carácter insostenible. Nuestro sentido de responsabilidad ético ya no puede mantenerse – y justificarse – en una cortesía hacia la naturaleza o hacia los animales, o plantearse desde los sentimientos de repugnancia que provocan la depredación salvaje o algunas crueles prácticas costumbristas. La discusión se torna más fundamental; el plano en la que debe desarrollarse corresponde al cogollo de la ética, pues no se trata de aspectos accesorios a la ética sino de la sostenibilidad de la vida y su desarrollo.
Si aún existieran objeciones a esta perspectiva afirmarían más bien que las nuevas consideraciones para la ética solo alcanzan al planteamiento de las normas y no a la fundamentación de la ética misma. Ante esto un contraargumento definitivo parte por mostrar que el antropocentrismo de la ética clásica es una cuestión fundamental y no accesoria. Jonas analiza tal antropocentrismo y afirma además que uno de sus rasgos más elocuentes es su mirada restringida al ámbito de la ciudad (polis) y a un tiempo presente compartido. De esta forma, el sujeto moral solo asume responsabilidad hacia quienes comparten la ciudad, el artefacto humano, y coinciden con él en el tiempo. Jonas observa que este rasgo de la mirada restringida ha sido muy propio de la tradición occidental en sus distintos planteamientos éticos, pero en la actualidad se hace insostenible. Ya no pueden ser definidos como neutralmente éticas las irresponsables campañas de deforestación, la caza indiscriminada, las pruebas nucleares mar adentro, la contaminación de los ríos de parte de las mineras, la emisión de gases de efecto invernadero o el desperdicio del agua potable. Todas estas y muchas otras formas de relación con la naturaleza llevan en sí una carga de moralidad y por eso no podemos seguir pensando nuestra responsabilidad ética en términos que se restrinjan solo a las relaciones humanas. El antropocentrimo ético debe ser superado y por ello se hace urgente repensar los fundamentos éticos abrazando también este nuevo frente de apremios.
Así pues, tres son las exigencias que debe satisfacer una ética en la actualidad: a) la necesidad de superar el punto de vista egocéntrico, b) el respeto por el contexto y c) la urgencia de una dimensión ecológica. No obstante, surgen una serie de preguntas que van desde: ¿Por qué yo debería querer cumplir con una ética?, hasta ¿por qué debo considerar el punto de vista de otros distantes a mí, como pueden ser los animales o incluso aquellos seres humanos que aún no habitan el planeta? Propongo enfrentar dichos cuestionamientos abriendo dos campos de reflexión: i) los fundamentos para una ética ambiental, ii) la oportunidad que una ética ambiental brinda a la sociedad y a la empresa. En la primera parte, la pregunta fundamental será si puede el interés ser un fundamento válido para la ética. En la segunda sección, intentaré defender la idea de que una ética que nos exige responsabilidades medioambientales no debe ser entendida como una carga pesada ajena a los intereses de la sociedad en general y de la empresa en particular, sino que dicha ética puede ser vista como una oportunidad ejemplar, como la oportunidad de reconciliar a todos los miembros de la sociedad en un auténtico desarrollo ecológicamente sostenible y socialmente justo.

I. FUNDAMENTOS DE UNA ÉTICA AMBIENTAL
La cuestión del fundamento surge ante la presencia de esos tres nuevos desafíos a los que ya hicimos referencia y debido también al ocaso de los fundamentos clásicos: estos y aquellos son los trazos que dibujan la actualidad de la ética. En la historia de occidente, la ética afirmó sus fundamentos desde la metafísica o desde la teología. Aunque ambos discursos pudieran hoy reclamar con justicia la validez de su presencia en el ágora plural que conforman nuestras sociedades -lo que por principio no puede ser rechazado-, su participación en la discusión no puede exigir la primacía que antes tuvo. Aunque se afirmara que la naturaleza humana es la misma y no ha cambiado en nada desde la época griega, y aunque esto fuera verdad, qué tipo de discurso podría exigir la prerrogativa del acceso directo hacia eso que llaman naturaleza humana; y en segundo lugar, de qué serviría acceder al conocimiento de tal ente ¿solucionaría en algo los auténticos problemas ético-sociales? La metafísica fue desde siempre el portador de dicho discurso, pero en la medida que tal estrategia argumentativa enajena a la realidad de su contingencia e historicidad, entonces pierde significatividad para la ética. ¿Qué fortaleza puede guardar un discurso sobre la naturaleza humana que no atienda los cambios, las adaptaciones y las diversidades culturales? Por otro lado, la religión solo fundamenta una ética inmanente a un credo, perfectamente válido por supuesto, pero en cuyo caso vincula solo a quienes comparten los axiomas básicos de dicho discurso. Por lo tanto, no podemos recurrir como antaño a la religión o a la revelación como fundamento para la ética; no, si queremos plantearnos una ética con pretensiones de universalidad, con capacidad de crítica y corrección que alcance a todos los individuos.
Necesitamos, pues, encontrar respuestas a esta crisis de fundamentos. Un reto bastante difícil porque, al ocaso de los fundamentos clásicos le ha seguido un marcado subjetivismo moral y un omnipresente emotivismo, lo que significa que ahora es muy difícil justificar ante cualquier vecino porqué debería comportarse éticamente bien ya que él considera que sus emociones y sus pareceres individuales son los únicos criterios determinantes para la corrección de su acción. Si ya es difícil argumentar por responsabilidades ante los congéneres, es aun más difícil pretender defender una responsabilidad para con el planeta, los seres vivos no-humanos o los seres humanos que todavía no habitan la Tierra.
Una respuesta, a mi entender, satisfactoria para todos estos desafíos es la que ha propuesto el filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas. Según este autor, la moral puede reconocerse como “…el dispositivo protector que compensa un riesgo constitucional ínsito en la forma de vida sociocultural misma” (Habermas, 2000, p. 229). En otras palabras, la moral sería un artificio humano que nos permite sobrellevar el peligro que lleva en sí mismo la vida social. Dicho peligro no es otro que el de la vulnerabilidad a la que todos quedamos expuestos por vivir en común. Voy a intentar aclarar tal afirmación.
Hay varios aspectos que deseo resaltar de la propuesta de Habermas. En primer lugar, me parece importante destacar que en su definición Habermas no ha requerido el apoyo ni de la metafísica ni de la religión para explicar el porqué del deber moral. La moral, pues, para este autor no se explicaría como persecución de una esencia perfecta de la naturaleza humana, ni el destino final que un dios habría prescrito a los hombres. Por el contrario, se muestra en la simple explicación de Habermas un temperamento pragmatista que no es otra cosa que descubrir también en la moral ‘el rastro de la serpiente humana’ como alguna vez lo dijo William James
[1]. La moral no es pues ni la reverencia obligada hacia la perfección de la naturaleza, ni hacia la bondad de un dios, es más bien la respuesta común que los seres humanos han forjado para dar respuesta a una necesidad apremiante: su vulnerabilidad.
En segundo lugar, deseo buscar una comprensión de este que, según Habermas, es el meollo de la ética: la vulnerabilidad ínsita en nuestra vida en sociedad. ¿A qué hace referencia Habermas con este concepto de ‘vulnerabilidad’? ¿Es acaso una mirada hobbesiana del ser humano que imagina la guerra de todos contra todos, la carnicería de lobos contra lobos, en el contrafáctico caso de un mundo sin moral? En mi opinión, Habermas no necesita de la fácil respuesta extremista. No hace falta pensar al ser humano desde la dicotomía de un pesimismo o un ingenuo optimismo. La propuesta de Hobbes es muestra de esa mirada extrema. La explicación de Habermas no se acopla a dicho pesimismo. Además, Habermas ha recusado todo intento metafísico de querer definir la naturaleza humana en una forma acabada y esencial; y en verdad no hace falta tal estrategia argumentativa para reconocer que en la convivencia social el ser humano se muestra vulnerable. La vulnerabilidad no está asociada necesariamente a la guerra de todos contra todos, sino a nuestra innegable interdependencia. La estrategia hobbesiana busca reconocer la fundamentación última de todas nuestras acciones. Habermas, en cambio, reconoce una característica patente de nuestra vida en sociedad sin pretender definirla como fundamento último. Así, pues, nos hacemos vulnerables al conformar con otras personas relaciones de amistad, compañerismo o romance. La vulnerabilidad se hace patente en nuestras relaciones sociales porque allí se manifiesta mejor nuestra interdependencia. En este sentido, la moral es un paliativo a esa vulnerabilidad, la inseguridad absoluta es insufrible y a ello respondemos con un sistema de normas y exigencias, deberes y prescripciones que regulan nuestra vida para hacerla posible y, por supuesto, feliz.
Un tercer comentario, quizá el que más deseo destacar, es reconocer que entonces el fundamento de la moral estriba en el interés del ser humano quien, necesitado y vulnerable, encuentra así un mecanismo que garantiza seguridad ante la fragilidad y la tensión. Esta forma de argumentar para explicar el trasfondo de nuestro deber moral es, sin embargo, fuente de escándalo para muchos. Es así porque para un gran número de filósofos a lo largo de la historia (simplificadamente se les puede denominar ‘platónicos’) la moral está asociada a la perfección y no a la ‘necesidad’ o al ‘interés’ que son más bien, en el vocabulario de la filosofía clásica, cuasi-sinónimos de imperfección.
La palabra interés ha sido asociada, en el sentido común, al mundo de los negocios y a partir de allí se le ha cargado de significado negativo, mercantil y consumista. En el habla popular, cuando nuestras relaciones sociales, tratos o asuntos, se presentan con demasiado interés, entonces son dignos de sospecha. Así por ejemplo, se elogian las amistades des-interesadas y se reprueban las acciones políticas que reflejan un interés personal. En estos casos, el carácter interesado que reflejan les deja incluso un pestilente olor a inmoralidad. A esto, sin embargo, todavía debemos sumarle una connotación negativa más de la palabra ‘interés’ que también se vuelve objeción a nuestro intento de querer asociarla a la moral. Esta nueva connotación se presenta cuando lo interesado resulta sinónimo de ‘sin-valor’. Así por ejemplo, dudamos de lo valioso que pudiera ser una obra artística que haya sido elaborada con algún interés; como también sospechamos de las acciones filantrópicas cuya finalidad haya llevado anexo un beneficio para el agente. De todo esto, pues, se ha concluido en el sentir general una disociación entre la moral y el interés. La filosofía no ha caminado demasiado lejos de esta perspectiva del sentido común, muy por el contrario, encontramos en la filosofía clásica la justificación conceptual para tal dicotomía entre la moral y el interés personal: piénsese en el menosprecio con que los filósofos griegos miraron el ámbito de los negocios, de lo práctico y de lo doméstico; recuérdese la exigencia medieval de una moral entendida como ab-negación de lo humano, mundano, profano y terrenal; considérese la pretensión de la modernidad por querer cimentar la moral en bases a priori. Tras todos estos planteamientos filosóficos se ha desarrollado una ética ajena a las vicisitudes y urgencias humanas y, más bien, cercana a la perfección divina.
Todo esto muestra que el proyecto de Habermas de querer religar la moral al interés de la persona es sumamente osado, sino contracorriente. No obstante, John Dewey, el famoso filósofo y pedagogo estadounidense, supo destacar en la semántica del concepto ‘interés’ un aspecto no tomado en cuenta por quienes prefieren disociarlo de la moral: interés también significa ‘preocupación’, ‘solicitud’ y ‘atenta ansiedad’ (Dewey, 1995, p. 112). Cuando nos interesamos en un asunto, nos motivamos y ordenamos todo lo que esté a nuestro alcance para conseguir éxito en nuestro objetivo. De hecho, la disciplina, el compromiso, la entrega y dedicación son consecuencia de un asunto que nos interesa. Así pues, es este último sentido de la palabra ‘interés’ el que queremos recoger para asociarlo a la moral. No se ha puesto el énfasis en la mirada egocéntrica, sino en la motivación que sustenta la moral como un proyecto que reclama nuestro interés y el interés de la especie. Esto no significa, de ninguna manera, restarle valor a la moral, significa únicamente considerar que la ética es la concentración de una de nuestras más importantes preocupaciones tan humanas como la salud y la comida.
¿Qué tipo de objeciones podrían plantearse a esta interpretación de la moral? Se habría así enfrentado, más bien, las dos primeras exigencias que se presentaban para alcanzar la fundamentación de una ética en la actualidad. En primer lugar, no habríamos cedido al cómodo subjetivismo, pues no afirmamos que el criterio de moralidad dependa de cada sujeto, sino que interpretamos a la moral como un asunto que nos concierne y nos interesa a todos. Habermas incluso comenta que en el centro mismo de nuestra consciencia del deber ético está nuestra confianza en una reciproca responsabilidad: cumplimos nuestro deber porque estamos seguros que los otros también lo cumplirán. Frente a la segunda exigencia, habríamos evitado el discurso impersonal y descontextualizado, por el contrario nuestra explicación de la moral la habría ubicado entre los más preciados intereses humanos, no divinos.
No obstante, falta ahora plantearnos la tercera exigencia que supone plantearnos una ética para la actualidad: la urgencia ecológica. En mi opinión, la definición que Habermas ha presentado permite encarar también esta tercera demanda. Voy a explicarme con dos comentarios, mostrando a su vez cuán pertinentes resultan siendo los conceptos de ‘vulnerabilidad’ e ‘interés’ para lograr la fundamentación de una ética ambiental.
Hegel decía en su Filosofía del Derecho que nosotros somos dueños de la mano que lanza la piedra, pero nunca así del destino de la piedra. Esta afirmación se parece mucho a la tesis kantiana de la neutralidad ética de la acción. Es la forma general de fundamentar la ética en la intención y alejarla de los fantasmas de la contingencia y el azar que rodean a la acción y sus consecuencias. Contingencia y azar nunca fueron del agrado de la filosofía occidental por lo menos hasta el siglo XVIII. Dichos conceptos estaban más bien unidos a la imperfección o al irracionalismo. Aunque la ética de Hegel no podría ser catalogada como ‘ética de la intención’, la de Kant sí que lo fue con marcada evidencia. Para las éticas acordes con la tesis kantiana, la moralidad es vista antropocéntricamente y restringida al plano de las intenciones, al fuero interno. La justificación para dicha tesis es que la acción y sus consecuencias dependen de tantos factores casuales, que no parece justo cargárselas a la responsabilidad del agente. Sin embargo, como quiero sostener aquí, la tesis kantiana no puede aplicarse para la fundamentación de la ética en la actualidad. Como Hans Jonas ha afirmado, quizá en algún tiempo, cuando nuestros desajustes e intromisiones en la naturaleza no causaban daños significativos, podía pensarse en liberarnos de responsabilidad respecto de las consecuencias de nuestras acciones. Pero, en nuestra sociedad tecnológica e industrial, atómica y cibernética, cuando nuestras decisiones no solo están afectando contundentemente nuestro presente, sino que incluso ponen en riesgo la sostenibilidad de la vida misma, la del planeta y la del ecosistema, entonces no es posible liberarnos de tal responsabilidad: debemos dar respuesta también por las consecuencias que el lanzamiento de la piedra cause.
En tal sentido, el concepto de ‘vulnerabilidad’ empleado por Habermas en la definición de la ética aparece pertinente para explicar porqué nuestro deber ético se amplía hasta reconocerse también frente a la naturaleza, frente al ecosistema o frente a generaciones futuras. La razón principal es que ahora el grado de vulnerabilidad que las consecuencias de nuestras acciones provocan en la sostenibilidad de la vida es muchísimo más significativo de lo que las éticas antropocéntricas tomaban en cuenta. Por eso mismo, nuestra responsabilidad ética se ha cargado de mayor peso, pues ya no es posible esconder el impacto ambiental de la mayoría de nuestras acciones. Prueba de ello son nuestras pruebas atómicas, la contaminación del aire, el consumo indiscriminado de recursos no renovables, el cambio climático producto de la emisión de gases contaminantes, etc., etc., etc. Todas estas formas de conducta egocéntricas, pueden ser hoy catalogadas de irresponsables pues entendemos que el alcance de nuestra responsabilidad se ha ampliado hasta alcanzar todas las acciones que hacen más vulnerable la vida misma en nuestro planeta. Somos conscientes pues de cuánto daño podemos infringir en la naturaleza y cuán insosteniblemente frágil podemos hacer nuestros ecosistemas, esta es la exigencia que nos lleva a mirar más ampliamente nuestras responsabilidades éticas. Sin embargo, si alguien quisiera, con algún grado de exquisitez, exigir precisión en los límites de la responsabilidad, habría que decir con mucha humildad que nuestra responsabilidad ética se extiende hasta donde las consecuencias de nuestras acciones, individuales y colectivas, hacen vulnerable y frágil nuestra supervivencia; y eso nunca puede ser definido con precisión geométrica.
En segundo lugar – ahora tomando en consideración el concepto ‘interés’ asumido en la fundamentación de la ética – si asumimos que la moral es un asunto de interés humano se hace urgente plantearnos como parte de nuestra responsabilidad ética las exigencias ambientales pues estas ya nos son accesorias o ideológicas, sino que reflejan auténticamente nuestra principal preocupación: la sostenibilidad de la vida misma. ¿Qué otro asunto podría ser más nuclear en el interés del ser humano? Si nuestra principal preocupación es lograr una vida cómoda, segura y feliz; y la ética es uno de los artificios de la que nos valemos para lograr tal fin, entonces esta no puede ser hoy ajena a las exigencias ecológicas. Se trata solamente de reconocer que esas, nuestras aspiraciones de una vida segura y feliz, no dependen solo de lo que cada uno de nosotros haga o deje de hacer, sino que en un mundo marcado por un alto grado de interdependencia, nuestras acciones afectan a otros y nosotros mismos somos afectados por las acciones de otros. Y esos ‘prójimos’ no son necesariamente tan cercanos como antes solía creerse, sino que el tipo de afección que puedo recibir o causar hoy supone que considere incluso a futuras generaciones, a los animales o a la naturaleza en general.
Esta es una cuestión del interés de la especie y de los individuos en particular. En mi opinión, el meollo del asunto estriba en una amplitud de visión. Contra aquellos que piensan que el asunto de mi interés está al ‘alcance de mi mano’, la ecología nos ha mostrado que nuestros asuntos de mayor interés están un los horizontes de nuestra visión. Heidegger decía que la cultura moderna nos ha vuelto inmediatistas y eso significa que hemos recortado el alcance de nuestra mirada. Nos asumimos como átomos aislados enfrentados al mundo, cuando de lo que se trata es de reconocer más humildemente que para alcanzar nuestro anhelo de una vida feliz entran en juego muchos más factores que aquellos que nuestra visión cortoplacista nos muestra.
La exigencia ecológica no es otra cosa que asumir ese nuevo punto de vista que el reconocido ambientalista Edward Goldsmith ha definido como holista, teológico y que explica los hechos en términos de su rol dentro de la evolución de la biosfera (Goldsmith, 1993, p. 28). El autor propone que el ecological world-view es opuesto a la típica explicación cientificista que más bien subsume los hechos en una línea discontinua de causas y efectos.
Así pues, no se trata de asumir el punto de vista ecológico porque le debamos una reverencia a la naturaleza, sino porque redunda en nuestro propio interés. Porque somos cada vez más conscientes que las respuestas reduccionistas a la larga son más perjudiciales que benéficas y nos alejan más del anhelado bienestar.

[1] “Sí, la huella de la serpiente humana está por todas partes” (James, 2000, p.91)